La casa del pueblo

Una historia escrita por Neli Coma Salas.

Dos años de pandemia y la muerte de la abuela fue lo que necesitó para atreverse a volver al pueblo. Hacía años que no lo pisaba. Todo él eran recuerdos. Era infancia, eran primeras veces, era libertad y era familia. Cuánto tiempo sin hacer algo por primera vez, sin ese sentimiento de libertad y muchísimo más sin vivir en familia.

Aparcó en la puerta de casa. Empujó el portón de madera que abría paso a ese fresquísimo patio impregnado de olor a tierra mojada. Ese olor. Siempre ese olor. Las fotos le hacían viajar mentalmente a los momentos pasados. Pero con ese olor viajaban todas sus entrañas al pasado. Esa mezcla de adrenalina y aburrimiento que acompañaban todos los agostos.

Subió los diferenciales y escuchó a su abuela gritar desde el piso de arriba “¡junta la puerta que entran moscas!”. Sonrió. Se limpió la lágrima de su mejilla casi sin darse cuenta de que se había emocionado. 

La abuela lo habría dado todo por pasar sus dos últimos veranos en la casa de su familia. Más de doscientos años de momentos. De bienvenidas y de despedidas. Casa de nacimientos y de muertes. Cuando todo esto pasaba en las casas. La abuela, la última en parir allí, había muerto sola y aislada en un hospital. ¿Cómo había podido pasar todo esto? Tuvo la sensación de envejecer de golpe al pasarle por la cabeza la idea de que “antes todo era mejor”.

Nadie quería hacerse cargo de la casa. Era casi un problema. Todos tenían bastante con sus hipotecas, sus hijos y sus vidas llenas de obligaciones y responsabilidades. Todos menos ella. Ya no tenía ni su pequeña empresa, que tantas alegrías le había dado y que había tenido que cerrar hacía unas semanas. Ese día cuando volvió a su monísimo, carísimo y pequeñísimo apartamento en el centro de ciudad y lo encontró más vacío que nunca, tomó otra decisión. Dejaba la ciudad, su piso, todo a la mierda. Vida nueva. No tenía ningún plan. Pero volver a pasar un agosto en la casa del pueblo fue lo único que la reconfortó.

Subió al piso de arriba cruzando el patio y recorrió la loca distribución de la casa, habitaciones dentro de habitaciones, escaleras al frente, a la derecha y a la izquierda… aquello la seguía fascinando cada vez, era como una fiesta de matrioskas.

Llegó a su cuarto y puso algo de música mientras empezaba a limpiarlo, recogió su pelo largo en un moñete y se miró al espejo del fondo de la habitación. Cuántas veces se había probado modelitos, con el cassette reproduciendo las cintas grabadas de la radio, preparándose para salir a bailar a la plaza en fiestas. Ni La Habana, ni festivales de 3 días, ni discotecas imposibles… no había vivido hasta la fecha nada mejor que las fiestas de agosto. Orquesta, alcohol y todos con ganas de encontrarse y pasarlo bien. Daba igual qué edad tuvieras, ni quién fueras fuera de allí. Allí todos éramos lo mismo. Amigos, hijos, o nietos. La gente del pueblo.  ¿Cómo serían las fiestas de este año? Era triste pensar que ni lo más divertido del mundo le apetecía. Aunque sabía que se tomaría unas cañas y acabaría bailando el “no rompas más mi pobre corazón” como cada año había hecho. No pudo evitar volver a sonreír.

Sonó Mad World en su altavoz bluetooth y la sacó de su ensimismamiento. Subió la música un poco, y luego la subió mucho más. Era raro, nunca había estado sola en esa casa. Siempre había mucha gente, todos entrando y saliendo o simplemente estando. Abrió uno de los cajones para empezar a guardar su ropa. Estaba atascado, no acababa de abrirse, estiró con fuerza y lo desencajó del todo cayéndose al suelo con el cajón en las piernas. Rio sola. Al ir a colocarlo de nuevo, notó que no acababa de llegar al fondo. No acababa de encajar. Forcejeó un poco, pero desistió. Y lo volvió a sacar para ver qué pasaba. Vio que en el trasfondo de la cómoda había una especie de libro. Metió la mano hasta el final, lo palpó y lo sacó de allí. Cuando lo tuvo en sus manos vio que era un diario de color granate, con la tapa acolchada y un candado dorado. No se lo podía creer. Debía ser antiguo por el estilo que tenía. ¿Sería de su madre? ¿De la abuela? ¿De la bisabuela?

Subió corriendo a la cocina, de allí pasó al comedor y del comedor a un cuarto que hacía de despensa. Recordaba la caja con herramientas de su abuelo. Encendió la luz en uno de esos interruptores de porcelana circulares y la vio ahí escondida en un rincón. La abrió y rebuscó un poco. Creyó que unos alicates bastarían para romper el delicado candado. Volvió corriendo al cuarto y al bajar las escaleras tropezó, cayendo de culo al suelo. Se rio de sí misma por todo lo surrealista de la situación. Pero se levantó de un salto y fue directa a por el diario. Consiguió romperlo con facilidad. Supo que era el final de su día de limpieza.

Al abrirlo cayeron algunas fotografías en blanco y negro. No reconoció a nadie de un primer vistazo. Miró la primera página. No había ningún nombre. Claro, ella tampoco ponía nombre en sus diarios. Pensó que igual no descubría muy rápido quién era la dueña ¿o dueño? Ojeó las páginas rápidamente en busca de alguna fecha cuando sonó el timbre.

“¿En serio?” Pensó en no abrir. Pero es el pueblo. Algún vecino debió llamar para ver quién de la familia había venido y no podía no abrir. No había escapatoria.  Tuvo que dejar el diario para luego. La ilusión le llenó el cuerpo de energía. Mientras se dirigía al patio para abrir la puerta volvió a sentir ese olor y supo desde dentro que ese iba a ser el verano de su vida.

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